¿Recuerdas aquellas naves que surcaban los mares de la antigua Roma, de Egipto y demás?
Aquellas que en sus entrañas cargaban decenas de esclavos o prisioneros remando al unísono de un tambor. Vivían para remar, ese era su único motivo. Si no podías remar, no era necesario que estuvieras vivo. Aquellas personas remaban al ritmo que se les pedía cuando se les pedía. Y, como es de esperar, al vivir dentro de las entrañas de un navío, no tenían idea de cual era su destino. Su motivo era remar. Supongo que sería muy difícil ver ciertos apocalìpticos destinos en el horizonte y remar hacia ellos voluntariamente y a todo pulmón.
Como sea. ¿Lo recuerdas?
Nosotros somos ese navío. Sí, nosotros; tú, yo, ustedes. Ellos.
Somos ese navío que se dirije a toda velocidad hacia su apocalíptico destino.
La diferencia está en que aquellos prisioneros no podían saber su destino, no podían verlo. Nosotros sí. Ya lo vimos. Ya sabemos hacia donde vamos. A nosostros nada nos impide poder verlo. La diferencia es que nosotros elegimos no mirar. Nosostros preferimos no verlo.
Y eso, tal vez sería entendible si aquel destino fuera inevitable, si nosotros fuéramos tan sólo pasajeros sin ningún tipo de injerencia en los asuntos del navegar. Es decir, supongamos que estamos amarrados al mástil y no podemos hacer nada por evitar nuestro destino, bueno, lo entiendo. Es muy entendible no querer observar.
Pero nosostros vamos remando. Nosotros somos el motivo por la cual la nave se dirije hacia allá. Y prefieres no mirarlo. Otros prefieren gritar o maldecir a aquellos animales que controlan el timón.
El timón no sirve de nada si tu barco no se mueve de lugar. El timón es obsoleto cuando no se va a navegar.
Nosotros vamos remando. Nosotros somos el motor. Y nada impide que veas hacia donde nos dirigimos. Aunque no quieras verlo ya no lo puedes negar. Ya huele a azufre, ya podemos olerlo. Y los que tienen acceso ya están viendo si existen otros barcos a los cuales escapar, para subirse a ellos y, con el tiempo, eventualmente, también llevarlos a estrellar.
Le llamo destino al lugar que hemos elegido dirigirnos, no a un futuro que no podamos evitar. Y no estoy hablando del planeta y su famoso cambio climático. Eso también es producto de nuestra sociedad. El barco que va camino a estrellarse y el cual vamos remando se llama humanidad.
El problema es que llevamos tanto tiempo siendo esclavos que ya se volvió normal. Ya no lo vemos.
Vemos nuestro destino pero no vemos el remo en nuestras manos. Vemos el nuevo celurar. Vemos el nuevo auto. Vemos el pedazo de tela que llevamos puesta y la etiqueta que lleva tejida y nos indica quién es aquel de entre nosotros que vale más.
La guerra se volvió normal. El hambre se volvió normal.
Y es trágico lo que está sucediendo en tantos lugares cerca y lejos pero no estamos dispuestos a hacer nada que nos saque del confort o el estatus que tanto nos ha costado atesorar.
-Pobres niños de África.- Dices, decimos. -Pero que bonito se sienten en mis pies y en mi ego los zapatos deportivos que tuvieron que armar.
-El planeta nos quiere decir algo!!- Escribimos espantados luego de las inundaciones y terremotos que nos recuerdan nuestra efímera realidad. Pero lo estamos escribiendo mientras hacemos fila para entrar en “la gas”.
-¿Pero qué quieres que haga?- Preguntamos rasgándonos las ropas.
Bueno; Hay que dejar de remar. Tenemos que dejar de remar.
De nada sirve que escribamos indignados sobre los secuestros y los llamados femenicidios, si seguimos aferrados a la idea de que el dinero es lo que vale más, que las cosas que compramos nos hacen y nos dan dignidad. Eso en cuanto al dinero. ¿Y en cuanto a las viejas qué? Porque eso son ¿no? Viejas, nalgas, culos, panochas. Y mientras más hayamos penetrado, más se nos valorará. Mientras más viejas más hombres, y ellas, mientras más weyes más putas. ¿No? Y no sólo los machos cabríos tienen estas ideas. La abuela sigue creyendo que el fútbol femenino, no es muy femenino en realidad. El abuelo a veces dice que cierta muchachita está muy fea para la pantalla de cristal. Porque ya es normal que las niñas se quiten la ropita para vender, para ser, para tener.
Tenemos que dejar de remar.
Y eso significa muchas cosas. Pero principalmete significa que si tú puedes entender lo que estás leyendo y consideras que sí, que en efecto llevas un remo en tus manos, sólo deja de remar. Luego decidirás hacia dónde quieres dirigirte y hacia dónde eliges remar, y tal vez debas hacerlo de manera que compitas contra un centenar. A veces será contra miles, a veces más. A veces será sacrificar un poco de dinero, a veces cerrar la boca y a veces sólo escuchar.
Pero permíteme preguntarte una cosa. Si tú camino es el miedo, ¿a dónde coños piensas que vas a llegar?
¿Lo ves? Sí, lo sé. Lo estás viendo. Llevas un remo en tus manos y estás decidiendo si tienes el valor y las ganas para soltarlo y remar hacia otro lado, o decides seguir remando y mirar hacia tu pantallita de cristal, tomar todo lo que puedas mientras puedas porque ya se va a acabar.
Los póliticos y rateros han tomado esa vía. También wall street y su sistema. Y tu mamá, y tu hermano, y tu pareja y por supuesto su majestad; Tú. Yo.
Cada quien sus remos, cada quien su responsabilidad. Uno no necestita competir contra todo los demás. Sólo puede verlo quién puede verlo, y sólo puede verlo quien ha decidido buscar. Habrá muchos que no encuentren ningún tipo de argumento para dejar de remar, ellos aún creen que están ganando algo. Ellos ya lo verán cuando puedan mirar.
Si tú lo ves, debes entender que no es suficiente con detener tú propio remo, es importante que lo puedas comunicar. Dile a tus vecinos, a tus amigos; deja de remar. ¿No quieres ni una más? Bueno, déjame decirte que no es una sola persona quien comete un femenicidio. Lo hace toda la sociedad.
Y no creo que desaparezca la violencia, ni las guerras. Siempre hay a quienes les gusta sangrar. Bueno, que se junten entre ellos y hagan sus guerras en santa paz. Pero cuando se convierte en un conteo, cuando se convierte en algo normal, algo repetitivo, es hora de abrir los ojos y dejar de verlo como el producto de un grupo de individuos transtornados, y empezar a llamarle sociedad.
Y todos somos esa sociedad.
Somos socios, cómplices, y lo seguiremos siendo mientras no dejemos de remar.
El ojo no puede verse a si mismo y por eso se tiene que reflejar. El espejo se llama planeta, el espejo se llama sociedad.
El amor es la respuesta a todas las preguntas, y esa respuesta no es muy popular. El cuerpo está enganchado a sus queridos químicos y el ego se aferra a la idea de que tiene que destacar. No importa si es a través del dinero, de una medalla, de un trofeo o del número de “likes”. Para destacar hay que separarse y el amor habla de unidad. El ego y el cuerpo sólo saben del apego y el amor pide libertad.
Por eso hemos matado a todos los maestros que nos han querido hablar de ello, del amor y de vencer al ego.
Que chinguen a su madre!! Pinches putos. Esos cabrones nos han querido cambiar.